CAP. 1: ESPERANDO EL APOCALIPSIS… EN LA TIERRA

Aquí empieza una serie de artículos en los que descubrirá una visión completamente nueva sobre el cambio climático, lejos de la óptica reduccionista en la que occidente lleva estancada varios años –y a la que ha arrastrado al resto del mundo-, y en la cual se viene a afirmar que por culpa de la humanidad, se ha puesto en marcha un calentamiento global acelerado que nos llevará a la catástrofe en un futuro inmediato.

No podría, no obstante, dejar de mencionarse que la unanimidad no es total, y un reducido grupo de científicos occidentales se opone a esta idea de una u otra forma. Así, encontramos los que niegan que el principal motor del calentamiento global sea antrópico -algo comprensible al ver que el aumento de la temperatura no ha sido constante desde la revolución industrial-, pasando por los que no ven evidencias claras para un desenlace tan trágico, y hasta hay los que consideran completamente despreciable la influencia de la actividad humana sobre el clima.

Sin embargo, hasta la fecha, en la sociedad occidental va ganando por goleada el primer planteamiento, y se puede afirmar con rotundidad que desde hace ya un tiempo, el calentamiento global se ha convertido en sinónimo de apocalipsis.

Es llegado a este punto, cuando cualquiera que haya guardado una prudencial distancia con el etnocentrismo occidental, podría caer en la cuenta, que desde tiempos inmemoriales, por tierras occidentales la idea de un apocalipsis inminente está omnipresente en el imaginario popular -¿del cual se libra la ciencia?- a pesar de que las innumerables premoniciones que siglo tras siglo lo auguraban no se hayan cumplido nunca -recientemente en el 2012 con la profecía Maya o poco antes con el efecto 2000; de hecho a lo largo de la historia se llevan contabilizadas nada menos que unas 160 anunciaciones del fin del mundo (Pérez Campos, 2012)-.

Por lo tanto, no sería del todo descabellado pensar que nos encontramos ante lo que parece ser una inmutable, arraigada y todopoderosa creencia tradicional, esta vez disfrazada de cambio climático.

Si bien, para estar en condiciones de asumir esta verdad, antes habría que verse libre del etnocentrismo occidental, algo que hace tiempo es prácticamente una quimera, pues ¿cómo no caer en el endiosamiento de una civilización que ha sido la primera y con mucha diferencia, en alcanzar la tecnología avanzada? Internet, las computadoras, la electricidad, el ferrocarril, la televisión, el automóvil, los electrodomésticos, ingenios y viajes espaciales, etc., y ¡hasta han conseguido llevar al ser humano a la luna! por enumerar algunos hitos inimaginables de lograr para cualquier otro pueblo de la Tierra poco tiempo atrás. Era pues de esperar que el mundo entero e incluso la filosofía milenaria se rindieran ante el statu quo proveniente de occidente, y su camuflado lote de condicionamientos culturales, dogmas y creencias tradicionales; sobra decir que con muy poco o ningún fundamento en la actualidad.

Y seguramente no surgiría la duda, si no fuera porque tras este fantástico desarrollo tecnológico del que han hecho gala, las sociedades occidentales siguen dominadas por las mismas dinámicas bárbaras e irracionales que las han caracterizado a lo largo de la historia: naciones guerreadoras incapaces de detener la sucesión interminable de mortíferos conflictos bélicos creadas por ellas mismas a lo largo y ancho del planeta, destructoras de un medio ambiente sin el cual no podrían sobrevivir, generadoras de unas desigualdades económicas tan injustificadamente desproporcionadas, que uno no puede dejar de preguntarse si no estaremos siendo ya víctimas de la peor versión moderna del feudalismo del que tanto presume occidente haber dejado atrás.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, vemos que a priori, hay demasiadas probabilidades de que se esté repitiendo la historia de nuevo -o tal vez deberíamos decir la histeria- tomándose ahora como pretexto el calentamiento global para anunciar (otra vez) el fin del mundo.

Por lo que no cabe más que dejar el modus operandi occidental de lado, retomando la simplicidad, la calma y la mesura; y no menos importante: evitando caer en el error de invisibilizar las influencias culturales, dado que como acabamos de ver, éstas pueden llevarnos por derroteros ajenos a la realidad.

El primer paso será entonces desechar todas las premoniciones climáticas formuladas hasta ahora, para mantenernos a salvo de la tendenciosidad occidental.

El segundo será abordar esta problemática de la forma más sencilla posible, por ejemplo contemplando al planeta Tierra desde el espacio.

A primera vista no se observa nada extraño, de hecho a la mayoría resultará familiar esta imagen:

Pero puestos a huir de la perspectiva occidental, abandonemos esta óptica y veamos cómo se mostraría usualmente la Tierra en Extremo Oriente:

Aunque lo cierto es que este punto de vista tampoco proporciona ninguna información particular.

Otra posibilidad sería ver a nuestro astro desde el Polo Norte:

Pero sigue sin distinguirse nada que nos llame especialmente la atención.

¿Y desde el Polo Sur?

Ahora sí, con este gesto tan inofensivo, aparentemente tan intrascendente, tan banal –y cuando ya nos dábamos por vencidos-, abandonar la perspectiva occidental hace posible que esa ostentosa masa de hielo que domina la Antártida no nos pase desapercibida ¿Cómo ignorar sus vastas dimensiones?

No ha sido necesario consultar la ingente cantidad de publicaciones científicas sobre la problemática del siglo, ni escuchar alarmistas ni escépticos, ni mucho menos los continuos mensajes catastrofistas de los medios de comunicación occidentales sobre el tema. La Tierra vista así deja poco lugar a la duda, pues una superficie de hielo tan considerable cubriendo el Polo Sur sólo puede significar una cosa: en principio, un calentamiento global no podría ser perjudicial para la vida en un planeta parcialmente congelado.

Como la historia hacía sospechar, la cultura occidental del apocalipsis sigue creando fantasmas con total éxito como lo lleva haciendo desde tiempos inmemoriales.

No pasemos por alto sin embargo, que en su momento resultaría igual de evidente que la Tierra era plana, o que el Sol giraba en torno a ella. Así que para no cometer el mismo error, en próximos capítulos seguiremos con nuestro análisis a salvo del pensamiento único, confiando en seguir sorteando los condicionamientos culturales occidentales con el mismo éxito, no sea que en contra de la lógica más aplastante, un calentamiento global pudiera ser perjudicial para la vida en un planeta parcialmente congelado.

El camino recto es el más fácil

pero la gente, escoge otros…

Tao Te King

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